El reloj marcaba las 8:23 a. m. cuando Marcos D’Alessio entró en el edificio de D’Alessio Vanguardia. Su presencia, como siempre, era imponente: traje gris oscuro a la medida, zapatos impecables, cabello cuidadosamente peinado hacia atrás. Subió al último piso en su ascensor privado, sosteniendo una carpeta con las cifras del cierre fiscal en una mano y una taza de café en la otra. Su rostro, aunque sereno, mostraba una ligera tensión.
Sabía que sería un día largo.
Al llegar al piso ejecutivo,