El hospital estaba silencioso, pero no era un silencio normal. Era un silencio espeso, pegajoso, que parecía adherirse a la piel de Isabella cada vez que inspiraba. El olor a desinfectante, a sangre seca, a metal estéril… todo se mezclaba con el temblor de sus manos. Caminaba de un lado a otro frente a la sala de espera, incapaz de quedarse quieta. Trataba de respirar, pero cada inhalación le quemaba el pecho.
Era culpa.
Culpa pura, cruda, hirviendo bajo su piel como lava contenida.
Leo estaba