Isabella cerró la puerta lentamente cuando Fernando, tambaleándose, finalmente decidió marcharse. Lo vio bajar los escalones con paso torpe, casi arrastrando los pies, mientras su cuerpo entero parecía un peso muerto sostenido apenas por el orgullo. El viento de la noche agitaba las hojas de los árboles y cargaba con él un eco de algo que se rompía en silencio. Cuando Fernando llegó a la acera y se perdió entre sombras, Isabella aún seguía de pie junto a la puerta, con las manos temblorosas y l