El amanecer bañaba la ciudad con un resplandor tenue y frío. Las calles, aún cubiertas por una ligera bruma, parecían rendirse ante la calma que precede a una tormenta. En la mansión D’Alessio, el reloj marcaba las seis de la mañana cuando el sonido del agua en la ducha rompió el silencio.
Marcos se miró al espejo. El reflejo que lo observaba no era el del hombre abatido de días atrás. Era el del verdadero D’Alessio: firme, pulcro, con esa mirada que imponía respeto sin necesidad de una sola pa