El camino de regreso a casa fue largo y silencioso. El auto avanzaba despacio, cortando la bruma gris del atardecer que empezaba a caer sobre la ciudad. Nadie habló. Ni Victoria, ni Camilo, ni el chofer. Solo el ruido del motor y el golpeteo monótono de las llantas sobre el pavimento acompañaban el regreso.
Victoria, recostada contra el asiento, observaba de reojo a su sobrino. En su rostro ya no quedaba el mismo abatimiento que días atrás lo había convertido en una sombra de sí mismo. Había al