Los días parecían alargarse como una sombra sin fin.
El tiempo se volvía pesado, lento, casi cruel. Isabella se levantaba cada mañana sin rumbo fijo, caminando por la casa silenciosa donde cada rincón le recordaba que su vida había cambiado de forma abrupta. Ya no tenía trabajo, ni rutina, ni fuerza para salir.
Pasaba horas mirando por la ventana, viendo cómo las hojas del jardín caían una a una, igual que su ánimo. Desde que decidió renunciar, su mundo se había reducido a esas cuatro paredes y