El amanecer llegó sin permiso, colándose entre las cortinas cerradas con una luz grisácea y fría.
Isabella no había dormido en toda la noche. El reloj marcaba las seis y media, pero para ella, el tiempo parecía haberse detenido desde aquel instante en el restaurante en que su mundo se derrumbó.
Tenía la mirada perdida en el techo, los ojos hinchados y ardiendo por tantas lágrimas derramadas.
El corazón le pesaba, como si cada latido fuera una herida que se abría una y otra vez.
En su mente, las