El reloj marcaba las diez de la mañana y, por primera vez en años, el despacho de Marcos Echeverría D’Alessio permanecía vacío.
Los teléfonos sonaban sin respuesta, los correos se acumulaban, y los empleados se cruzaban miradas inquietas, sin comprender por qué su jefe —el hombre más disciplinado y puntual de la empresa— no había aparecido.
En la mansión, el silencio era denso, pesado. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto, como si el sol se negara a salir.
Marcos estaba en el e