El restaurante estaba casi lleno. Las luces doradas colgaban sobre las mesas cubiertas de lino blanco, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el suave sonido del piano al fondo.
Marcos abrió la puerta y, con una sonrisa tranquila, dejó pasar a Isabella primero.
Ella respiró hondo, intentando calmar la extraña inquietud que la acompañaba desde que salieron del coche. No sabía por qué, pero algo en su pecho latía con un ritmo distinto, como si su alma presintiera un cambio inminente.