El reloj digital sobre el escritorio marcaba las 10:17 a. m.
Y seguía sin aparecer.
Marcos D’Alessio no había logrado avanzar en absolutamente nada desde temprano en la mañana. Estaba sentado en su silla de respaldo alto, con la mirada perdida en la pantalla de su portátil, mientras el cursor parpadeaba sobre un informe que no había leído. Las persianas estaban semiabiertas, y el resplandor de la mañana entraba con fuerza en la oficina, bañando de luz el suelo pulido de mármol, pero a él no par