La sala de la mansión estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz suave que se filtraba a través de los ventanales altos. El reloj marcaba las once de la mañana y, aunque el ambiente se percibía tranquilo, la tensión flotaba como una neblina invisible.
Victoria sostenía una taza de café con ambas manos. Estaba sentada en uno de los elegantes sofás de lino crudo, pero su espalda recta y el leve tamborileo de sus uñas contra la porcelana revelaban que la serenidad era solo una fachada. Frente