El sonido de sus pasos resonaba como golpes secos contra el mármol. Eran las 7:47 de la mañana y Marcos D’Alessio caminaba por el vestíbulo de Vanguard Corp. como un general que regresa de una batalla perdida… con sed de otra guerra. Su rostro era una máscara de hielo, la mirada afilada y sin vida, como si todo en él hubiera sido reemplazado por acero. El portero apenas murmuró un “buenos días” antes de recibir una mirada tan cortante que no volvió a intentar saludarlo nunca más.
Las puertas de