Los días transcurrieron lentamente en la mansión. El silencio se mezclaba con el suave sonido de los pájaros que anidaban cerca de las ventanas, mientras la brisa movía las cortinas del gran salón. Isabella se había mantenido en completa quietud desde su desmayo. Por fin su cuerpo y su mente empezaban a recobrar fuerzas, y aunque todavía se sentía algo cansada, su semblante lucía mucho mejor.
Aquella mañana había desayunado un poco de pan tostado con el caldo que Fernando le había preparado; él