El reloj del salón marcaba las once de la mañana cuando Isabella abrió lentamente los ojos. La fiebre había cedido, y la pesada sensación en su cuerpo comenzaba a disiparse. La brisa suave que entraba por las ventanas abiertas traía consigo el olor fresco del jardín.
Se incorporó con algo de esfuerzo, arropada con una manta ligera, y notó la bandeja sobre la mesa de centro. El tazón con el caldo aún tibio le recordó la voz tranquila de Fernando y el modo en que había insistido en que descansara