Las calles pasaban ante sus ojos como manchas borrosas tras el vidrio del taxi. Isabella no lograba pensar con claridad. Sentía el pecho apretado, el corazón golpeando como un tambor desbocado. No podía dejar de imaginar a Sofía acurrucada en la cama, temblando de fiebre, sin su voz, sin su presencia. El recuerdo de la niña con sus trenzas alborotadas y esa sonrisa traviesa era lo único que la empujaba hacia adelante.
Pagó el trayecto con manos temblorosas y subió corriendo las escaleras. El su