El viernes llegó envuelto en una niebla espesa y una brisa húmeda que se colaba por las ventanas de la ciudad. Para muchos era un día más, el cierre de una semana rutinaria. Pero para Isabella Romano, no. Para ella, era el día de la gran reunión, esa que había preparado durante días sin dormir bien, esa que pondría a prueba su temple, su memoria prodigiosa y su capacidad para sobrevivir en la jungla corporativa del imperio D’Alessio.
Se vistió con un conjunto sobrio y elegante, tan discreto com