Isabella estaba sentada en la sala, con una manta ligera sobre las piernas y el cabello todavía un poco húmedo del baño. La fiebre había bajado, pero su cuerpo todavía se sentía débil, y cada sorbo del caldo que Fernando le había preparado parecía reconfortarla de manera casi mágica. Observaba cómo él acomodaba los restos de la cocina, recogiendo con cuidado la olla y los utensilios mientras mantenía una sonrisa tranquila, pero con esa atención tan precisa que siempre la dejaba intrigada.
—Fern