El silencio de la oficina de Marcos D’Alessio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Las luces de la ciudad parpadeaban a través de los ventanales, recordándole que allá afuera todo seguía su curso, indiferente a la tormenta que se gestaba dentro de él.
Isabella acababa de marcharse con Fernando. Esa imagen, grabada a fuego en su memoria, era más de lo que su orgullo podía tolerar: ella recibiendo flores, sonriendo con dulzura, entrando al auto como si no existiera nada más. Y Ferna