La noche ya había caído sobre la ciudad. Desde las enormes ventanas del despacho de Marcos D’Alessio se alcanzaban a ver las luces titilantes de los edificios, un reflejo urbano que parecía bailar sobre los vidrios oscuros. El reloj marcaba casi las nueve, y en la oficina solo quedaban ellos dos. El silencio era tan denso que cualquier palabra podía romperlo como un cristal.
Isabella Rivera repasaba por tercera vez el documento, aunque en realidad ya estaba listo desde hacía horas. Su mente est