La tarde en la oficina parecía eterna. El murmullo de los teclados y el vaivén de papeles apenas disimulaban el cansancio que todavía sentían después de la noche anterior. Isabella estaba revisando unos informes cuando Charlotte se acercó con un par de cafés en la mano y una mirada pícara.
—Toma, Isa —dijo dejándole uno sobre el escritorio—, a ver si con esto revivimos un poco.
—Gracias… —respondió Isabella, llevándose el vaso a los labios y suspirando después de un trago.
Charlotte se sentó fr