Charlotte sostuvo a Isabella entre sus brazos, intentando calmar esa risa nerviosa que se le escapaba entre sorbo y sorbo de alcohol. El abrazo duró más de lo normal, como si quisiera retenerla, protegerla del peso de lo que cargaba dentro. Apenas se apartaron, Isabella la miró con los ojos húmedos, encendidos por la ebriedad y la tristeza.
—Charlotte… yo también estoy casada —soltó de repente.
La secretaria se quedó helada, sin aire, con las manos aún apoyadas en los hombros de su amiga.
—¿Qué