La mañana amaneció radiante, con los rayos de sol filtrándose por los enormes ventanales de la mansión. Isabella, sin embargo, no tenía el mismo brillo. Había pasado una noche difícil, debatiéndose entre la rabia y la tristeza, pero al levantarse se prometió que ya no se dejaría dominar por las lágrimas. Esta vez jugaría sus cartas.
En la cocina, Sofía desayunaba con tranquilidad, hojeando un libro como si tuviera treinta años. Tenía esa serenidad natural que muchas veces desconcertaba a Isabel