El ambiente en la oficina era tan denso que parecía que el aire pesaba toneladas. Marcos estaba de pie, frente a su escritorio, con el gesto endurecido y la corbata apenas aflojada como si no pudiera respirar. Sus manos, ocultas detrás de su espalda, se cerraban en puños tensos, delatando el esfuerzo que hacía por mantener la calma.
Isabella lo miraba con ojos desorbitados. Su pecho subía y bajaba con rapidez, y sentía que cada palabra que acababa de escuchar le clavaba una daga en el corazón.