El auto se estacionó suavemente frente a la imponente mansión de Marcos. El silencio de la noche cubría todo el lugar, interrumpido solo por el sonido lejano de los grillos y el crujido de la grava bajo las llantas. Marcos descendió del coche con paso relajado, aunque por dentro aún llevaba en la piel la calidez de la velada: el baile, las luces, las miradas de Isabella…
Cruzó el amplio vestíbulo con la intención de subir directamente a su habitación, pero al abrirse las puertas principales se