El cielo comenzaba a teñirse de naranja, y el aire fresco del atardecer acariciaba suavemente los jardines de la casa. Isabella, vestida con un suéter ligero y unos jeans sencillos, caminaba descalza por la terraza de madera mientras sostenía una taza de té y revisaba correos en su celular. Disfrutaba de esos raros momentos de calma en los que no tenía que fingir, ni complacer a nadie, ni usar una máscara.
De pronto, su teléfono vibró. La pantalla se iluminó con un nombre que le hizo detenerse