El auto de Marcos los esperaba a unos metros del hotel. Durante el trayecto, ninguno dijo mucho. El silencio entre ellos no era incómodo, era denso. Lleno de pensamientos que ninguno se atrevía a compartir.
—¿Tienes miedo? —preguntó él de pronto, con la mirada fija al frente.
—No —respondió ella, después de unos segundos—. Tengo pena. De no poder quedarme. De no poder elegirte.
Él apretó el volante. Las luces de la ciudad se reflejaban en sus rostros, marcando los contornos de una despedida que