Selene deambulaba por la habitación de Zander como un animal enjaulado que ha dejado de rugir para empezar a observar las grietas de su prisión.
El aire acondicionado mantenía una temperatura gélida, pero ella sentía un calor sofocante subiendo por su cuello.
Su mirada cayó sobre el mueble bar de nogal; allí, una botella de licor ámbar parecía burlarse de su abstinencia. A pesar de la resaca que aún martilleaba tras sus sienes como un tambor de guerra, Selene la tomó.
Necesitaba que el mundo de