El amanecer en el puerto de Ciudad A no fue anunciado por el sol, sino por el ronco bramido de las sirenas de la Naviera que saludaban la partida del yate real.
Zander había tomado una decisión que ni Kethan ni Ariadne lograban comprender del todo: a escasas semanas del parto, y con la presión del gobierno central aún vibrante, regresaban a Grecia.
Pero no era un viaje de inspección, ni una huida; era un viaje de entrega.
En la suite principal de la embarcación, el movimiento rítmico del mar pa