El silencio en el estudio de Zander era denso, interrumpido únicamente por el zumbido casi imperceptible del teléfono de Selene, que descansaba sobre el escritorio junto a una botella de whisky medio vacía.
Selene se había quedado dormida allí mismo, con la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados, rodeada por el rastro del caos que había provocado horas antes.
El alcohol, mezclado con el agotamiento de su alma, la había arrastrado a un sueño pesado y sin paz.
La puerta de la habitación se abri