Las semanas finales del embarazo de Selene se instalaron en la mansión con la pesadez de una vigilia eterna.
La preeclampsia había sido controlada, pero a un costo devastador: el aislamiento total. Selene permanecía en la suite principal, convertida ahora en una unidad médica de alta tecnología, rodeada de enfermeras silenciosas y monitores que susurraban el estado de salud del heredero.
Ciudad A, afuera, prosperaba bajo el puño de hierro de Kethan, pero dentro de esos muros, el tiempo parecía