El puerto norte de la ciudad siempre había sido un monstruo de metal y hormigón que nunca dormía, pero a las tres de la madrugada, bajo el azote inclemente de la tormenta, se convirtió en una olla a presión a punto de reventar. Las grúas pórtico se alzaban contra el cielo negro como gigantes mudos, mientras las hileras de contenedores de carga bloqueaban la visibilidad, creando un laberinto perfecto para la violencia.
"El Griego" cumplió su palabra con la precisión de un militar. A una señal su