La lluvia de la madrugada golpeaba las ventanas del despacho de Lorenzo Valenti con la persistencia de un metrónomo maldito. Sobre el escritorio de caoba, la tableta electrónica seguía encendida, mostrando el rastro de las cuentas fantasmas en Panamá. Lorenzo no había parpadeado en la última hora. La rabia ciega se había asentado en el fondo de su estómago, transformándose en una frialdad letal. Conocer la traición de un enemigo era parte del negocio; conocer la traición de un hermano era como