La humedad del sótano se filtraba por las grietas del hormigón, trayendo consigo el olor a hierro viejo, tierra mojada y la inconfundible fragancia de la decadencia. "La Jaula" hacía honor a su nombre no por los barrotes, sino por la absoluta falta de escape para los sentidos. No había ventanas que marcaran la diferencia entre el día y la noche, ni corrientes de aire que aliviaran el peso de la atmósfera. Solo una bombilla halógena de un blanco cegador, suspendida del techo por un cable pelado,