La lluvia arreciaba en la boca del túnel, convirtiendo el asfalto en un espejo negro donde se reflejaban las luces rojas y azules de la carnicería. Steve estaba de rodillas, con el rostro deformado por los golpes y la sangre goteando desde su barbilla sobre la grava. Lorenzo Valenti se alzaba sobre él como un cuervo negro, disfrutando de la visión del león caído.
—Se acabó, Steve —sentenció Lorenzo, haciendo una señal a sus hombres—. Traed la chica. La quiero aquí, ahora. Quiero que muera miran