La sala estaba en silencio, pero la tensión en el aire era palpable. Lía observó cómo el vórtice se cerraba lentamente, como si resistiera la fuerza que lo estaba expulsando. Cada segundo que pasaba parecía eterno, pero finalmente, la grieta en el tejido de la realidad se cerró, dejando tras de sí solo un eco lejano y el crujir de la energía desvaneciéndose. El resplandor dorado que había rodeado a Lía comenzaba a apagarse, y la calma, aunque bienvenida, solo aumentaba su incertidumbre. La bata