El aire dentro de la sala era espeso, casi palpable. La figura que los había recibido irradiaba un poder opresivo que parecía llenar cada rincón de la habitación. Su forma, aunque vagamente humana, era etérea y oscura, como si estuviera hecha de sombras líquidas. Sus ojos, pozos profundos de luz blanca, miraban directamente a cada uno de ellos, desnudando sus almas.
—¿Quién eres? —preguntó Lía con una voz firme, aunque sentía cómo su corazón latía con fuerza.
—Soy el Guardián del Abismo —respon