El aire dentro de la nueva sala era diferente, casi etéreo. Una brisa suave circulaba en un espacio que parecía no tener fin, aunque los muros estaban a la vista, marcados con runas antiguas que brillaban débilmente. En el centro de la sala, una estructura flotaba sobre el suelo: un pedestal de cristal que irradiaba una luz dorada. Sobre él descansaba un objeto que parecía pulsar con vida propia, un orbe cristalino de color ámbar con finas vetas oscuras que se movían como si fueran corrientes d