NAHIA
Cuando entro en el gran salón, la luz me ciega.
Todo brilla: las lámparas de araña, los dorados, las copas levantadas, las miradas que se deslizan como hojas pulidas.
La fiesta ya está en pleno apogeo.
Hombres de esmoquin, mujeres vestidas de seda y fuego, risas que no lo son del todo, promesas susurradas bajo las sonrisas.
El aire huele a champán, a perfume, y a algo más pesado, casi metálico.
Siento los ojos sobre mí antes siquiera de entender por qué.
Un vestido, negro y abierto, que n