NAHIA
Su peso me ancla al colchón, un lastre de carne, de sudor y de voluntad pura que me sella a este instante, a esta noche, a esta versión de mí misma que no reconozco. La seda rasgada de mi camisón yace en el suelo, un espectro nacarado de otra Nahia, de una mujer que aún creía en su propia inviolabilidad. Sus manos sobre mis muñecas ya no son simples ataduras; son anillos de fuego, puntos de contacto ardientes que sueldan nuestras pieles y trazan circuitos de una energía salvaje que me rec