NAHIA
La puerta se abre con un susurro discreto, y contengo la respiración como si entrara en un santuario prohibido, un umbral que no debería cruzar. No es una habitación la que se extiende ante mí, es una puesta en escena grandiosa, una catedral privada donde cada detalle parece pensado no para el descanso de un ser humano, sino para impresionarlo, dominarlo, aplastarlo bajo la esplendor.
El espacio es inmenso, demasiado vasto para contener una sola vida, tan extenso que se vuelve casi irreal