NAHIA
La puerta se abre con un susurro discreto, y contengo la respiración como si entrara en un santuario prohibido, un umbral que no debería cruzar. No es una habitación la que se extiende ante mí, es una puesta en escena grandiosa, una catedral privada donde cada detalle parece pensado no para el descanso de un ser humano, sino para impresionarlo, dominarlo, aplastarlo bajo la esplendor.
El espacio es inmenso, demasiado vasto para contener una sola vida, tan extenso que se vuelve casi irreal, como si las paredes retrocedieran a medida que avanzo. Los espejos, altos hasta el techo, duplican las paredes y devuelven sin cesar mi reflejo, multiplicado a la infinita, un ejército de siluetas que me observa en silencio, prisionera de un juego de miradas del que no puedo escapar. Ya no estoy sola, estoy rodeada de mí misma, vigilada por mis propios fantasmas.
El parquet oscuro, pulido con una perfección helada, refleja las luces doradas de los candelabros suspendidos en el techo. Sus gotas