NAHIA
El silencio del vestíbulo es a la vez abrumador y suave, una catedral sin fieles, solo ecos de pasos sobre el mármol y el susurro ahogado de las puertas que se cierran tras de nosotros. El aliento cálido del interior contrasta con el aire helado de afuera, y, sin embargo, tiemblo más aquí, como si este calor no me estuviera destinado, como si solo fuera la intrusa tolerada.
Un hombre se acerca, alto, delgado, vestido con un traje oscuro de pliegues impecables, su cabello plateado perfectamente peinado hacia atrás, su rostro surcado por arrugas profundas que no denotan debilidad, sino autoridad. Su andar es lento, calculado, y cuando se inclina ligeramente, no es a mí a quien dirige ese saludo, sino a sí mismo, siempre a sí mismo.
Su voz resuena, grave, serena, un terciopelo que oculta el acero:
— Bienvenido a casa, señor. Todo está listo, como usted había exigido.
Siento mi estómago anudarse con esas palabras, como si tras cada sílaba se escondieran preparativos de los que no qu