Permanezco inmóvil bajo el peso de su mano. No se mueve, simplemente está posada ahí, sobre la piel lastimada por el otro. Una huella fría que quema. Las lágrimas siguen fluyendo, silenciosas, pero ya no son las mismas. Antes, era el diluvio, el caos. Ahora, es un goteo regular, una marea de vergüenza y confusión que parece no agotarse nunca.
Él no dice nada. Su silencio es más pesado que todas las palabras de su hermano. Es un silencio que pesa, que explora, que exige una respuesta que no pued