NAHIA
El frío se adueña de mi piel allí donde su calor se ha desprendido. Soy un cascarón vaciado, un receptáculo roto para unas sensaciones demasiado intensas que siguen ardiendo en mi interior como brasas mal apagadas. Mis lágrimas corren silenciosas, saladas sobre mis labios entreabiertos, y ya ni siquiera sé por qué lloro. ¿Es por la violencia de la posesión? ¿Por el terror al abandono? ¿O por esa verdad vergonzosa que anida en el fondo de mis entrañas: que mi cuerpo ha respondido, ha traic