—Es muy lindo, y demasiado romántico para mi gusto —acotó con cautela para no lastimar la sensibilidad de Alan.
—¿Eres una chica salvaje? —La tomó de la cintura y la volteó para verla directamente a los ojos.
—No sé si soy salvaje. —Sonrió apenada—. Pero sí me gusta la aventura.
—Hubiese jurado que eras una chica tranquila, a pesar de tu temperamento.
—¿Por qué? —musitó ella.
—Quizás suene a cliché, pero como eres pintora asumí que te gustaba el interior, más que la aventura.
—¿Creíste que era