Capítulo 80. El anillo del lobo.
Héctor despidió a los abogados con un gesto seco. El despacho volvió a quedar en silencio, solo roto por el suave murmullo de Leo, que ojeaba un libro de arte sobre la mesa de centro.
El aire todavía vibraba con la firma del fideicomiso; el poder de los De la Vega acababa de cambiar de manos oficialmente.
Nicodemo, apoyado en su silla, miró a su nieto. Su respiración era pausada, pero sus ojos no perdían detalle.
—Ya... está —balbuceó el anciano, con un esfuerzo visible—. El niño... está a sal