Capítulo 14. La marca de la posesión.
Héctor la lanzó sobre el sofá de cuero negro con una brusquedad que le cortó la respiración.
El despacho, sumido en una penumbra rota solo por la luz del jardín que se filtraba por el ventanal, se convirtió en una jaula de deseo y rencor.
Leonella intentó incorporarse, apoyando los codos en el material frío del mueble, pero Héctor cayó sobre ella como un depredador que no admite fugas.
—¡Héctor, suéltame! —gritó ella, aunque su voz sonó quebrada, traicionada por el aire que le faltaba—. ¡Está