Capítulo 11. El veneno de la realidad.
Leonella llegó a su casa con el cuerpo adolorido y el alma en pedazos. El rastro de Héctor seguía quemando su piel, un recordatorio invisible de la locura que acababa de cometer.
Al entrar, lo primero que hizo fue ir a la habitación de Leo. El niño dormía plácidamente, con un pequeño camión de juguete apretado contra el pecho.
Se arrodilló junto a la cama, acariciando su frente.
—Perdóname, hijo —susurró.
Las palabras de Héctor “¿Vale esto la vida de un niño?” retumbaban en su cabeza. Él cre