Capítulo 115. La caída del imperio.
El teléfono personal de Leonella vibró en su mano como una descarga eléctrica. Respondió antes del segundo tono, pegando el aparato a su oído mientras sus ojos oscuros devoraban la oscuridad del jardín a través del ventanal.
—¡Montero! Dime que lo detuvieron —exigió Leonella, con la voz cortante, pulida como el acero.
Al otro lado de la línea, la respiración del jefe de seguridad era un jadeo entrecortado, roto por el sonido de las sirenas que aullaban en la distancia.
—Señora... es el jefe —so