30. Mi guerrera.
—¡Me va a dar algo si no despierta de una puñetera vez!
Maldecía Richy a su manera por enésima vez, mientras me miraba chequear el estado de Olympia de manera autómata.
—Quizá debí llevarla directamente al hospital —pensé en voz alta compartiendo su preocupación e imitando la posición del fiel amigo, admirándola de cerca.
—No, hiciste bien —contestó para mi sorpresa —, a ella le enfadaría el doble despertarse en un hospital, incluso más, que haber sido víctima de un puto misógino.
Aquell