31. Sentimientos.
Era imposible no sentirme aterrado por lo que Olympia pudiera hacer si se encontraba de frente con su agresor, a sabiendas de lo que yo mismo sería capaz de hacerle. Ella era en muchas ocasiones imprevisible y por ello, no tuve las fuerzas necesarias para dejarla ir a solas hacia su objetivo.
Tardé demasiado en arrancar el auto, decidiendo cómo actuar sin tener que sufrir parte de las consecuencias de retenerla en su firme ambición. ¿Podría acaso interponerme? Era justo, pensé, que al menos tu